Crónica de un paseo

Hoy estoy en Rivendell y mañana me toca luchar contra orcos, entretanto transcribiré la crónica de un paseo de domingo:

Domingo relajado, mi primer plan no queda tiempo para hacerlo. El segundo plan hace dos meses que dejó la ciudad. Tercer plan, vagar sin rumbo, lo que me pida el cuerpo y el momento. Hora límite: 17’00 h., Cenicienta volverá a tener las obligaciones de cada día: la peque vuelve a casa.

Reconozco que también la echo de menos, es una sensación rara, me encanta mi vida, pero también me gusta deshacerme de todo por dos días, volver a pasear con mi pareja, abrazados, sin empujar un cochecito, sin mirar el reloj para dar la merienda. Con estos momentos comprobamos que aún existe la pareja.

Una vez en Pl. Catalunya mira la cola en el primer local de comida rápida, a tope, no tengo ganas de aglomeraciones, así que voy en busca de otro más tranquilo. En el camino fotografío el centro de Barcelona desde el suelo. Es un punto de vista diferente que refleja un domingo cualquiera en la gran ciudad.

Siguiendo el camino me encuentro con un vehículo nuevo, una especie de ciclomotor para dos personas, enfocado al turismo extranjero. Al parecer el vehículo incorpora gps con algunos puntos memorizados, justos como para dar una vuelta por los punto más emblemáticos de Barcelona.


Llego al segundo lugar de comida rápida, poca gente, decido quedarme. Me pido un menú rico en calorías, uno de esos menús con el que cualquier nutricionista le llevaría las manos a la cabeza.

Durante la comida, de repente aparece la encargada
del local y pregunta si a alguién le falta un bolso. Todas las presentes miramos a nuestro lado y de un grupo de chicas que tengo enfrente, a una le falta el bolso. Salen corriendo, pero ya es demasiado tarde y no le dan caza. Por suerte vuelve la encargada, anuncia que las cámaras del local han grabado todo y se ve bien la cara del “carterista”.

Si por algo me tiene robado esta ciudad el corazón esta ciudad es porque no importa lo que hagas, siempre hay algo que te sorprende. En un rincón, un músico tocando un erhu. Música oriental que recuerda un teatrillo, evoca países lejanos, te invita a sentarte y relajarte. “Podría quedarme toda la tarde escuchando esta música” comenta un chico.


La gente pasa, fotografía y sigue su camino. Me siento a escribir. Un fotógrafo fotografía a otro, los dos en solitario, el público aplaude al músico. Indignación, un cigarro apagado donde no toca.



Gente sobre patines… Me levanto y sigo caminando, paso por Happy Pills, hoy cerrada. Pocos metros más allá otro artista hace un performance y me llama la atención otro nuevo “taxi”, una especie de bici que en la parte delantera tiene asientes para dos personas. Me doy cuenta que en los últimos años este tipo de “transporte” ha proliferado. Siempre enfocado al turista y empujado por gente joven.


Sigo mi camino, me lleva a Portaferrisa, hoy diferente, un paseo en domingo y el sol que acaba de salir, me permiten ver balcones llenos de flores y hasta el letrero de "F. Larauza. Academia Central de Corte”.












Más allá calles tranquilas y graffitis en la pared. Nos hemos acostumbrado a ellos y a los contrastes de la ciudad. Es normal encontrar una bicicleta desmontada en una farola, aún con su candado; ruinas junto a un parking de motos y restaurantes de moda y la tranquilidad de quién lee a la sombra. Todo tiene cabida en la gran ciudad.










Vuelvo al bullicio de Las Ramblas y me paro para seguir escribiendo. Hay quien para y me mira con curiosidad… Última para programada: Fnac, pero está cerrado, así que me conformaré con el quiosco de la estación. Vuelvo al hogar.
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